martes, 10 de marzo de 2009

Love is the drug

Cuando eres más joven y pruebas una droga siempre quieres más y más y más. Aumentas la cantidad compulsivamente únicamente pensando en lo bien que te hace sentir en ese momento. Así, se pasan por momentos de subidón enormes con sus consiguientes bajones, monos,etc.



Los científicos dicen que las sensaciones que produce el amor en nuestro cerebro son muy similares a las de las drogas, independientemente de si son más o menos duras. No hay que olvidar que, en la mayor parte de los casos, ese enamoramiento viene acompañado de sexo. Leí el otro día en una revista que un orgasmo activa las mismas partes del cerebro que las drogas más duras.



Las plataformas pro-legalización de las drogas hablan del buen uso de las drogas. ¿Existe eso de verdad?



Conozco a gente que han sido o son yonkis de traje y corbata. Tenemos una tendencia a asociar el ser yonki con la marginación, pero también los hay de postín. Dicen de Antonio Vega que nunca va a dejar de serlo...Lleva ¿que?, ¿30 años siéndolo? Unas veces está mejor y otras veces peor. Dicen los que lo conocen que está enamorado del "caballo", y que ha aprendido a controlarlo, aunque no siempre. Sabe lo que es de calidad, y conoce la medida justa. Y así se mantiene cada día, en la cuerda floja desde hace 30 años.



¿No es el amor algo así?



Cuando somos mucho más jóvenes queremos ese subidón, esa dependencia física y mental, ese "mono" si no lo tenemos. O todo o nada...O como diría James Dean: "Vive deprisa,muere joven y deja un hermoso cadáver". Y es en esos momentos cuando la "rehabilitación" resulta más fácil.



Cuando ya no somos tan jóvenes el amor no llega de golpe. Ya no nos fiamos del subidón, porque ya sabemos que tras esa euforia llega la caida. Vamos muy despacio. Probando un poco de cada vez. Comprobando la calidad de la droga, porque ya no nos sirve cualquier cosa. Aumentando poco a poco la cantidad. Más calidad y menos cantidad es ahora la máxima.

Y cuando nos damos cuenta estamos enganchados, y cada día que pasa un poco más, porque con cada subidón conoces algo nuevo, y con cada bajón aprendes algo que antes no sabías.



¿Estamos en la cuerda floja? Es posible, pero como Antonio Vega podemos pasarnos así 30, 40 o 50 años por un compañero fiel (así la llama Antoñito).



Hoy estoy más enganchada que hace 700 días a mi compañero fiel. ¿No vale la pena estar en la cuerda floja por algo así?



Ya lo decía Johnny Cash: "Because you are mine I walk the line"

lunes, 2 de marzo de 2009

Vida marital


La gata tiene razón. He cometido un error grande al comparar a Benjamín con Aidan.

He de decir que en un primer momento el comentario no me gustó; luego pensé que la gata no lo conoce personalmente; pero no ha sido hasta hoy cuando he caido de la burra.



Hoy mi vida marital no parce tan feliz como lo suele ser. Hoy estamos todavía de resaca de gran discusión. Y es que cuando vives con alguien y te peleas con esa persona normalmente las cosas adquieren tintes y carices que nunca habíamos esperado. Las palabras altas y malsonantes duelen más, el llanto es más amargo y, a veces, nos hacemos una pequeña herida el uno al otro. Tarda unos días en curar. Y mientras estamos en el proceso de sanación nos sentimos como de resaca: tenemos mal sabor de boca, no somos capaces de pensar con claridad, nos invade la dejadez,... Y en ese trámite andaba cuando me acordé de la gata...



Aidan, como dice Carrie, es "el mejor novio del mundo". Aidan siempre lo hace todo bien. Aidan no es irracional, y siempre tiene un motivo para todo. Cada paso que Aidan da está unido a la tierra. No hay ni un sólo capítulo de Sexo en Nueva York en el que alguien piense "Aidan metió la pata". Bueno, a lo mejor ese en el que se pelea con Big...pero acaba siendo un buen tío y escucha todo lo que Big tiene que decir y lo anima para que deje de estar depre. Aidan es un buen tío en todo momento y nunca se equivoca. ¡Me aburre!



Mi marido (ya lo considero así aunque no haya habido bodorrio todavía) no es así. Él no lo hace todo bien. No es un ser racional, y no siempre tiene un motivo para todo. Él vive en las nubes muchas veces y soy yo la que lo baja a la tierra, y siempre le cuento el cuento de la lechera. Se equivoca muchas veces, tantas como yo. Pero tiene paciencia conmigo, y lo intenta hacer mejor cada día. Sólo tiene una cosa en común con Aidan: es un buen tío, en todo momento, aunque a veces se equivoque.



Hoy quizá me he puesto más personal de lo que lo suelo hacer. Es un simple desahogo en medio de mi resaca emocional; y parece que después de esto mi herida se ha cerrado un poco más.



Gracias a la gata, dondequiera que esté y quienquiera que sea.

domingo, 22 de febrero de 2009

Tensión sexual

Cuando las mujeres nos tranquilizamos, y nos dejamos de chorradas con los hombres, y nos sentimos lo suficientemente seguras de nosotras mismas, las cosas suceden naturalmente.

Cuando ese momento llega, dejamos a un lado las alucinaciones que nos hacen ver cosas donde no las hay, y a la vez olvidamos ese sentimiento de culpa por sentirnos deseadas, ya sabéis ese "no, no me está mirando a mí".

Aceptemos los hechos.

Lo cierto es que una mujer soltera busca relación estable. Y por relación estable me refiero a novio o pareja o amigo o sexo ocasional, pero estable (Samanthas a parte). Sin embargo, un hombre soltero busca todo lo opuesto. No es que busquen inestabilidad, pero sí frugalidad, y en el caso de que la noche se haya dado mal repiten con hembra conocida ( si ella se deja, claro).

Es como la teoría de la vaca nueva y la vaca vieja. Una vez vi una película en la que la protagonista, tras un desengaño amoroso, acababa comparando a los hombres y mujeres con vacas y toros. Por lo visto había encontrado un estudio científico en el que se decía que los toros no querían copular dos veces con la misma vaca. ¿Es realmente así? No lo creo. Y sinceramente lo mejor de la película es ver a Hugh Jackman en ropa interior...¡Todavía no me he repuesto de shock!

Sin embargo, sí que he comprobado, y contrastado con otras mujeres, que, por lo general otra vez, una vez emparejados, y pasados los meses iniciales de pasión, los hombres pierden algo de interés por el sexo. Es como si dejasen de estar "embravecidos" y estuviesen felices en el redil. Parece como si no sintiesen la necesidad de seguir demostrando lo "machos" que son; eso lo dejan para la soltería, el momento de ser "picha brava" (me empiezo a explicar lo de las despedidas de soltero...).

Pero en el caso de las mujeres sucede al revés. Puede que todavía, en pleno siglo XXI, haya algunas que se sientan presionadas por el que dirán de una mujer sexualmente liberada; pero lo cierto es que, en mi opinión, obedecemos a conceptos más prácticos.

Las mujeres reaccionamos a estímulos de muchos tipos y no sólo los físicos, así que, para la mayoría de nosotras, el sexo no es liberador, cómodo y divertido más allá del placer físico, hasta que no estamos con una pareja que nos hace sentir relajadas y nosotras mismas.

En el sexo ocasional se finge constantemente, y no sólo orgasmos. Pretendemos impresionar a la otra persona con acrobacias, con poses y frases de peli porno. Y es que damos palos de ciego y no sabemos qué es lo que accionará el botón. Y por si no hubiese suficiente comedia durante el "acto", llega el momento de la despedida el eterno "te llamaré". ¿Para qué? ¿Para repetir este desastre o para ir al cine?

Por eso, para nosotras, el momento liberador es cuando dejas de fingir en la cama y no sólo orgasmos. Y así, cuando estamos en una relación tenemos mucha más necesidad de sexo...Aunque parece que a los hombres les pasa al revés. ¡Condenados a no entendernos!



Cuando estamos sexualmente satisfechas nos tomamos los momentos de tensión sexual que puedas tener de la manera más natural. Sabemos en ese momento que irradiamos tranquilidad y, lo que es más importante, bienestar con nostras mismas. Nos sentimos bellas y deseadas si no en todo momento, casi; y sabemos que despertamos deseo y respeto en los hombres. Y eso es lo que a un hombre más le pone: una mujer por la que sienta un profundo respeto.

jueves, 29 de enero de 2009

Cómo llegué a la conclusión de que ya no quería un Big en mi vida


El momento de catarsis no ocurrió como con Newton y su manzana, sino que, como la buena cocina, se hizo a fuego muy lento.
Comenzó con una muerte, una escapada de mujeres a París y una recaída. Esos 3 momentos me llevaron a la firme decisión de que tenía que tomar las riendas de una vida que parecía un poco desbocada. Fueron muchas decisiones las que tomé en esos meses: volví a estudiar, dejé de fumar, empecé a hacer ejercicio y en general a cuidarme más. Pero había una cosa por encima de todas que sabía que tenía que arreglar: mi Big particular.
Desde nuestra ruptura había intentado por todos los medios demostrar que era una persona adulta y que podíamos mantener una relación a la altura de las circunstancias. Sin embargo, aunque yo había puesto todo mi empeño en encontrar el clavo con que quitar este otro clavo, no había obtenido resultados. ¿Es que algunos hombres tienen algún radar para intuir que puedes estar a punto de ser feliz? "¡¡¡¡Alarma!!!! Judith está a punto de encontrar la felicidad. Big aparecía por arte de magia con algún comentario ingenioso que me hacía creer que la llama seguía viva entre los dos. Así que ahí estaba yo, cansada de tanta incertidumbre, de verdades a medias, de tener en mi mesilla de noche la foto de un hombre y despertarme por la mañana con uno completamente distinto, de dormir en un sólo lado de la cama a pesar de tener cama de matrimonio, y gilipolleces por el estilo. Pero por encima de todo estaba cansada de estar sola y sentirme la persona más desdichada del mundo por ello.

Estaba muy claro: tenía una cuenta pendiente y tenía que resolverlo.


Ni corta ni perezosa planeé un viaje y una vida en torno a esa cuenta...


Cuando una se enfrenta a su pasado quiere estar maravillosa; pero cuando una se enfrenta a su Big quiere que piense que ha dejado escapar la mejor oportunidad de su vida. Que le vamos a hacer...las mujeres somos así de orgullosas.
Y aunque esa se convirtió en mi motivación inicial, pronto me mostró que estaba haciendo algo buenísmo por mí. Con ese pequeño acto de venganza recuperé una confianza en mí misma que casi creía perdida para siempre.


Y así, con el ego lleno y radiante por fuera y por dentro inicié el viaje iniciático definitivo en mi vida.


El primer encuentro fue raro, incómodo, como cuando te pones unos pantalones que antes te quedaban perfectos y que ahora te aprietan demasiado. Debí haberme quedado con esa primera impresión...Pero las mujeres tenemos esa capacidad para ponernos cualquier tipo de excusa a nosotras mismas: "Es que hacía mucho tiempo...", "Es que había puesto muchas expectativas en un sólo momento...", "Es que él también estaba nervioso..." ¿Por qué nos hacemos eso a nosotras mismas?¿Por qué nos gusta prolongar la agonía?¿Por qué somos tan reacias a aceptar que algo se acabe?
La agonía se prolongó un par de meses en los que fingí un poco más que era su amiga, en los que viví un desplante tras otro. Puede que me hiciese falta eso mismo para reaccionar, ya que como decía Oscar Wilde: "Las mujeres perdonan las injurias pero no olvidan los desdenes".
El desdén más grande fue el día que decidimos hablar previa notificación por mi parte: "Me he cansado de fingir que soy tu amiga". Para resumir: si algún hombre poco ducho lee mi blog que tome nota: "A una mujer de la que has dicho haber estado enamorado NO se le dice eres LISTA; NO se le dice eres BASTANTE ATRACTIVA; y por encima de todo NO se le dice ME GUSTAS. Y cuando te escribe una carta de amor NO se le responde "ES BONITA". Son insultos a una mujer inteligente, hermosa, y que te ha querido como nadie y que además lo ha plasmado con tinta y papel.
Me fui del café sintiéndome insultada y menospreciada por la persona que más había querido hasta ese momento, y me di cuenta de que sí me esperaba y me merecía algo mejor.


Y es que puede que haya chicas que no estén destinadas a quedarse con su Big.


He vuelto a ver Sexo en Nueva York, y desde luego me quedo con Aidan...Yo he puesto un Aidan en mi vida y me va mucho mejor así; claro que mi Aidan tiene el sex appeal del Big de Carrie! ¿No es la mezcla perfecta?

Ah!Y por si os lo preguntáis...no echo nada de menos a Big... prefiero al de ficción!;-)

lunes, 29 de diciembre de 2008

Los hombres son de marte, las mujeres de venus

No soy una gran fan de los libros de autoayuda, ni del, como le llaman en inglés, "do it yourself". He leido alguno de "crecimiento personal", y personalmente sigo midiendo lo mismo después de leerlos. Sin embargo, hace unos meses me compré el famoso best seller de los libros de autoayuda "los hombres son de marte, las mujeres de venus". Mi intención inicial al comprármelo era hacer un estudio y sacar nuevas ideas para seguir escribiendo en el blog. Pensé en recuperar muchos de los tópicos de mujeres y hombres e intentar hacer una reflexión crítica al respecto; pero como estaba muy ocupada con el trabajo y leyendo otras cosas que me parecían más interesantes como el primer volumen de la trilogía Milenium (¡por Dios, es la droga más dura que he probado en años!...aparte del sexo, claro);en fin que el libro se quedó aparcado en mi mesilla de noche...
Unos meses y unas cuantas discusiones con mi pareja más tarde, llegué a un estado de confusión y desesperación que hacía muchos meses que no alcanzaba. Y recordé que sí había un libro de autoayuda que me había funcionado, el que usé para dejar de fumar: "Es fácil dejar de fumar si sabes como". Entonces, ¿por qué no darle una oportunidad a otro libro de autoayuda? ¿Y si funcionaba? ¿Y si empezaba a entender algo más a los hombres? ¿Y si me iluminaba sobre los posibles errores quer yo estaba cometiendo?
Así que cogí el libro con los ojos todavía llorosos por la incomprensión de mi situación, y me dispuse a ser instruída y/o iluminada.
Comienza el libro con una pequeña introducción en la que el autor narra una anécdota con su mujer en la que, tras el nacimiento de su tercer hijo y en medio de una discusión sufrió la Epifanía en la que concibió su idea para el libro y para ayudar a miles de parejas en el mundo entero. Én ese momento me paré a pensar en qué tipo de hombre habría escrito ese libro en cuestión... La contraportada fue reveladora, aunque ya me estaba temiendo la respuesta: el autor era un psicólogo americano consejero matrimonial. Algo empezaba a oler a podrido en Dinamarca...Una cosa es dejarme comer el coco para dejar de fumar (hace 4 años que soy no fumadora), y otra muy distinta es convertirme en una zombie con pareja, y poder aplicar una norma para cada situación que nos supere.
Seguí leyendo un poco más, y sólo logré confirmar mis temores. El autor enumeraba una serie de testimonios de parejas que, tras pasar por sus manos aprendían a tener una relación de pareja perfecta, no volvían a tener ninguna discusión ya que primero siempre aplicaban una de sus reglas: Ella: "seguro que está cansado y/o estresado en el trabajo y en realidad no quiere decir lo que ha dicho" (ni siquiera si te llama zorra desagradecida); él: "debería ponerme en su lugar, para ver qué siente" (incluso si lo que siente es que casarse es el mayor error que ha cometido en su vida).
Así que me replanteé la lectura del libro. ¿De verdad quería saber todas las normas que rigen las relaciones de pareja? ¿De verdad quería saber los secretos para tener una relación de pareja perfecta?
La respuesta era sencilla:NO. Puede que mi vida no sea perfecta, pero es así como me gusta. Siempre he sido autodidáctica, y prefiero contrastar opiniones con mis amigos antes que leerlo en un libro. Y es que no sólo soy autodidácta, sino que soy muy empírica, y no me sirve que me lo cuenten, sino que tengo que verlo y experimentarlo yo misma.
Me leeré el libro con mi intención inicial, como un simple trabajo de investigación.

p.d. Hoy me siento muy Carrie, ¿se nota verdad?

viernes, 15 de agosto de 2008

Esta soy yo

Soy atea, de izquierdas y republicana.


Soy perfeccionista e inconformista, y con una puñetera tendencia a ser demasiado realista.


Creo en la buena virtud de la educación, porque con una buena educación y buenas maneras se llega a cualquier parte.


No creo que ni el dinero dé la felicidad ni que el amor no dé de comer. No tengo dinero, pero sí tengo amor, y me siento infinitamente más feliz así que cuando el dinero no fue tanto problema.

Y sin embargo, siempre he odiado tener que preocuparme por el dinero...


Soy una persona contradictoria pero con unos ideales muy firmes.


Cambio constantemente de opinión y tengo las cosas muy claras.


Mi mayor miedo siempre ha sido convertirme en una persona mediocre, pero, desde hace años, sé que nunca seré mediocre mientras siga teniendo ese miedo.


Convivo con mis miedos y mis inseguridades siempre aparentando ser segura y valiente.


La gente tiene tendencia a juzgarme erróneamente. Aparento, en ocasiones, ser frágil, frívola e insulsa. Pero esa gente no me interesa...por eso no les enseño más.


Soy Acuario, moderadamente atrevida aunque valiente. Creativa y con cierta tendencia al ostracismo. Hiperactiva y genéticamente obsesa por la limpieza.



Pienso que con clase se nace, y que el dinero no la hace.



Me fijo en las manos de lo hombres, y me gusta que tengan unas manos estilizadas pero masculinas a la vez, porque me gusta que me agarren de la mano y sentirme protegida con ese simple gesto.

Me fijo en las manos de las mujeres porque dicen mucho de ellas, mucho más de lo que la mayoría creemos y de lo que casi ningún hombre es capaz de averiguar con sólo un vistazo.



Creo que cuando quieres a alguien es para siempre. Cambiará la forma en que los quieres; y tal vez llegue un momento en que sólo sea amar a un recuerdo....pero amar, al fin y al cabo.



También creo que el amor no entiende de prejuicios educacionales, sociales, culturales,...El amor es sólo amor. Las palabras son sólo palabras, y en el amor se las lleva el viento.

Y el romanticismo de pareja no es que te lleven a pasar un fin de semana en París (aunque sea un momento muy romántico); el romanticismo es una hermosa cotidianeidad, es algo para compartir todos los días...


Yo soy todo esto y mucho más que no voy a contar o que todavía no sé.

Me alegro de haber vuelto...siento haber tardado

jueves, 15 de noviembre de 2007

"Ser natural es la más difícil de todas las poses"

No puedo estar más de acuerdo con mi querido Oscar Wilde. Oscar Wilde era, sin lugar a dudas, uno de los mejores observadores y comentadores de sociedad. Hay otros pertenecientes a la misma especie como Henry James o Truman Capote, pero siento especial cariño y admiración por el irlandés. Pero volviendo a la frase que da título a esta entrada, recuerdo una vez en la que, años antes de leer una cita tan maravillosa como esta, escribí: "Es muy difícil ser natural sin ser absolutamente vulgar". Y es tan fácil para algunos confundir la naturalidad con la vulgaridad... "Sólo estoy siendo sincera. Te estoy diciendo lo que pienso". ¡De los hombres y mujeres sinceros líbrenos Dios! Y es que hay gente que sufre de una incontrolable diarrea verbal, que en muchas ocasiones va acompañada de la consecuente diarrea mental. Nunca me ha gustado ese tipo de gente. Los encuentro especialmente vulgares.

La honestidad es una virtud que hay que dosificar, ya que en grandes dosis puede ser venenosa. Hay dos posibles antídotos contra ella. Por un lado tenemos la indiferencia. Hay gente que tiene la suerte ( o la desgracia) de nacer con tamaña virtud; pero la mayor parte de la gente tenemos que desarrollar el antídoto a base de envenenarnos unas cuantas veces. Llega un momento que, con suerte, te vuelves inmune a determinas especies. El otro antídoto es la sordera.

No soy una gran fan de la sinceridad. A mí eso de "Vaya, ¡cómo has engordado!" no me parece que sea de ayuda a nadie. A mi madre una vez la paró una amiga de mi abuela en la panadería y, sin ningún reparo, le espetó: "¡Cómo has cambiado! ¡Qué gorda estás!". "¡Y tú qué vieja!", le contestó mi madre.

Hace bastantes años en mi casa escuchábamos mucho a Sabina, y había un disco en concreto que a mí me gustaba especialmente. Era el "Mentiras piadosas", y la canción que le daba título era mi favorita. "...esa explicación nadie te la pisió; así que guárdatela. Me pone enferma tanta sinceridad."

Así, hay gente que va por la vida repartiendo opiniones sin que nadie les pregunte. "Yo creo...", "lo que tienes que hacer...", "si yo fuera tú...", "no crees que sería mejor que...". Muchos no lo hacen malintencionadamente, o eso dicen, pero, ¿no es poner un poco en duda nuestra capacidad para tomar decisiones? No digo con eso que no necesitemos a nadie (de eso ya hablé en otra entrada). No me gusta dar mi opinión, y menos gratuitamente. Tengo muy claro, y así se lo dejo saber a quién acude a mí pidiendo consejo, que lo que puede ser bueno para mí no tiene porque serlo para la otra persona. Al final cuando cedo es porque tengo claro que mi opinión no interfiere con las deciones propias de esa persona. Algunos le llaman no mojarse... yo lo llamo respetar a mi prójimo.

En fin...

A mí me costó estar inmunizada, y no estoy segura de estarlo de todo... Soy demasiado sensible. Lo reconozco.

Yo misma a veces también tengo ganas de salir de mi " pose natural" y decirle a algun@ "¿Quieres callarte de una puta vez? ¿Todavía no te has dado cuenta de que tu opinión no le interesa a nadie?", pero soy una buena discípula de Oscar Wilde. He perdido un poco de mordacidad, sí es cierto, pero la batalla no está perdida. Estoy segura que en cuanto empiece a relacionarme un poco más con la curiosa sociedad de mi pequeño gran pueblo, mi sarcasmo volverá a brotar naturalmente. ¡No os impacienteis!

lunes, 24 de septiembre de 2007

Nadie es perfecto

Hay que asumirlo: no somos perfectos; ninguno de nosotros. ¿Por qué nos costará tanto admitirlo? Y por ende, ¿por qué nos cuesta tanto aceptar que los demás tampoco lo son? ¿Por qué nos gustará tener aspiraciones irreales?
Vamos a ver, está bien querer ser astronauta cuando un@ tiene 6 años; pero cuando tienes 26, sigues en casa de tus padres, no trabajas ni estudias, ¿no es una meta a alcanzar un poco estúpida? Hay gente, claro, que persigue esos sueños muy vehementemente desde tan tierna edad. Me imagino que Pedro Duque no se levantó una mañana cuando tenía 24 años y decidió que quería viajar al espacio. Supongo que, más bien, debió de ser de esas criaturitas que con 6 años deciden que quieren ser pilotos de una nave espacial y se mentalizan para ello. A lo largo de los años, imagino que habrá dirigido toda su preparación al cumplimiento de su sueño, cosa que, como todos sabemos, ha conseguido. Pero la inmensa mayoría de los mortales queremos ser astronautas o bailarina de ballet cuando tenemos tan tierna edad, y finalmente acabamos admitiendo nuestras limitaciones al respeto (los que las tenemos, claro) y nos decantamos por algo mucho más terrenal.
¿Por qué, entonces, nos empeñamos en querer aparentar perfectos a los ojos del resto de la gente?¿Por qué no admitir que tenemos limitaciones y que, al fin y al cabo, somos humanos? No lo sé. Sí que es cierto que a veces me sorprendo pensando que la cretinez humana no tiene límite. Y, evidentemente, si nos somos capaces de admitir tales imperfecciones en nosotros mismos, mucho menos las permitiremos en los otros (y no hablo de fantasmas, ni es una mención de honor a Amenábar). Así que así vamos por la vida: intolerantes ante imperfecciones ajenas, y ciegos ante las propias.
Y como no podía ser menos, esta actitud la llevamos a todos los ámbitos de nuestra vida. Exigimos mejoras de trabajo antes de tan siquiera demostrar nuestra valía; queremos matrículas de honor sin asistir a clase. Por eso criticar es nuestro deporte nacional.
¿Cómo funciona esto dentro de la pareja? Pues bien, la mayor parte de los hombres y mujeres llegamos a una relación de pareja con la perfección como única aspiración. Me explico. Pretendemos que todo sea bonito y hermoso "por los siglos de los siglos". No aceptamos que haya ningún tipo de mácula ni exterior ni interior. A mí mi madre, hace mucho tiempo, me dijo una vez: "Si quieres saber si realmente estás enamorada imagínatelo con diarrea y vomitona. Si a pesar de todo puedes sobrevivir al asco y esbozar un "yo te cuido" significa que relamente amas a esa persona". Evidentemente sus palabras no eran tan literales como parecen, y a la vez sí lo eran. Cuando nos adentramos en un relación tenemos un miedo básico que es que descubran nuestras miserias y por ello dejen de amarnos. ¿No os acordais de ese capítulo de Sexo en Nueva York en el que Carrie está en la cama con Big, feliz y relajada y se le escapa un "cuesco"? ¡Qué vergüenza que pasó la pobre! ¿O esa otra ocasión en la que les cuenta a sus amigas que ha ido al "baño" en casa de Big, y ellas le dicen que ese es un paso muy grande? ¿Pero acaso no son cosas naturales y normales? A todo el mundo le pasa, ¿no? ¿Por qué, entonces, le damos tanta importancia? ¿La tiene?
Un amigo mío, que ahora es un hombre casado, me dijo que para él había sido un alivio normalizar su relación. "El romance está bien, nena; es necesario. Pero cuando de verdad sabes que es el hombre- mujer de tu vida es cuando en la habitación huele a "grelo"". (¿Os podeis imaginar a lo que se refiere?).
Hombres-mujeres del mundo, no pretendo romper la magia del romanticismo, pero recordar que tod@s tenemos nuestro momentos: eructamos, nos tiramos pedos después de cenar fabada, nos metemos el dedo en la nariz cuando nadie nos mira, nos rascamos la entrepierna y nos molestan las bragas en la raya del culo.
Somos humanos; y nadie es perfecto (con permiso de Mr Wilder)

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Yo no necesito a nadie

Hubo una vez en la que un hombre del que estaba profundamente enamorada me dijo: "Yo no necesito a nadie". En un principio, como es lógico, no me lo tomé nada bien. "¿Qué cojones haré yo aquí a muchos kilómetros de mi casa con un hombre que me está diciendo que no necesita a nadie?". Claro que luego leí entre líneas, cosa que con él tenía que hacer muy a menudo (y no siempre tuve confirmación de que mis segundas lecturas estuviesen bien hechas... lo que las convertía en suposiciones en vez de leer entre líneas). Lo que quiero creer que leí bien entre líneas fue toda una declaración: "Si estoy contigo es porque quiero y por nada más". En aquel momento me emocionó pensar que una persona tan independiente y autosuficiente como él estuviese conmigo; y me sentí afortunada.

¿Pero es eso cierto? ¿Somos realmente afortunadas cuando no nos necesitan?¿Qué clase de relación se puede tener sin que haya una cierta dependencia?

La verdad es que no esperaba que yo fuese a pensar de esta manera nunca. Siempre creí que yo pensaría igual que aquel hombre. Pues bien, sí estoy con alguien porque quiero, pero también porque, ahora, lo necesito. Aún no entiendo muy bien la manera en la que lo hago pero lo hago.

Las relaciones son vinculantes, y los vínculos crean dependencia. Así, ¿cuándo no tenemos dependencia?¿Cuando no establecemos un vínculo real con esa persona? Yo creo que para tener una relación y "ser una pareja" (como diría Antonio Banderas en el anuncio de la tele) hay que establecer esos vínculos que nos hagan depender los unos de los otros. Tú dependes de tu pareja y tu pareja depende de tí.

El problema, en mi opinión, es establecer esos límites de dependencia. Porque hay que tenerlos. Y ahí cada pareja es un mundo. Evidentemente, cualquier cosa llevada al extremo no es buena. Yo creo que no hay vallar los límites de la pareja. Hay que tener amigos tanto en común como individuales. Hay que hacer cosas juntos pero también cosas separados. Está muy bien tener cosas en común, pero a veces es casi mejor tener cosas distintas, cosas que aportar el uno al otro. Hay que irse de vacaciones juntos, pero también pasar días separados para echarse de menos y tener ganas de reencontrarse otra vez. Para mí, hoy por hoy, esa es la justa medida.

Y la realidad es que casi la inmensa mayoría de las mujeres necesitamos algo más. Me explico. Yo, la cínica independiente, la incansable aventurera fascinada por hombres con los que hay que leer entre líneas, he sido conquistada por el hombre que me ha dicho de corazón: "¿Cómo te voy a dejar?¿Qué haría yo sin tí?"; el mismo hombre que me ha hecho responderle: "No, ¿qué haría yo sin tí?". Y es sólo una pregunta retórica. Ambos sabemos que sobreviviríamos el uno sin el otro. Tendríamos siempre cosas que hacer. Pero, ¿qué pasa emocionalmente? ¿No nos quedamos algo huecos? ¿No nos falta algo? ¿Cuánto tardamos en tapar ese hueco?¿Lo tapamos realmente?
Personalmente no creo que lo hagamos. Y la verdad es que tampoco voy a hacerlo. Soy mucho más feliz pensando que no sabemos lo que haríamos el uno sin el otro... Es cursi, lila, irracional y un pensamiento poco práctico. ¿Y a quién le importa? A mi no; y a él tampoco... Y eso, en realidad, es lo único que me importa.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Dignidad y orgullo

En las relaciones humanas es muy difícil derimir los límites del orgullo frente a la dignidad. Hay gente que opina que cada uno tendría que saber cuál es su límite. ¿Es eso cierto? ¿Marcamos nosotros mismos el límite de nuestro propio orgullo o de nuestra dignidad? Yo no lo tendría tan claro.

Lo cierto es que si supiesemos hacer esa diferencia, ¿existirían realmente esos dos términos?

El caso más evidente que muestra nuestras dificultades para identificar ambos términos lo encontramos en nuestras relaciones personales, y muy especialmente en nuestras relaciones de pareja. Dicen que tenemos que dejar nuestro orgullo a un lado pero sin dejar de tener dignidad. ¿Quienes son los que dicen eso? ¿Acaso saben ellos lo que es el orgullo y la dignidad?

Orgullo, para que conste, es, según la RAE, "arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles o virtuosas"; y la dignidad la definen como "gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse".

El problema del orgullo y la dignidad en las relaciones personales es algo que viene de lejos; ¿de dónde? No lo sé. Pero lo que sí sé es que Orgullo y prejuicio fue una obra muy popular en su época. Y es que, a pesar de hablar de familias de alta alcurnia hasta el pueblo llano (como se le llamaba entonces) se sentía identificado. Fue esta novela un pequeño gran best seller en su momento, y no creo que haya sido la crítica velada a la sociedad, ni la maestría con la que la Austen utiliza sutiles sarcasmos para hacer esa crítica. La historia de amor ayuda, por supuesto. Pero,¿cuál es la mayor prueba, o la mayor dificultad para ese amor?: el orgullo. Aunque no quiero entrar a hacer una crítica a uno de mis libros favoritos pues os mataría de aburrimiento.

No me quiero desviar. ¿Quién marca los límites?¿Cómo se sabe que no has sobrepasado los límites del otro?

La experiencia me dice que todos tenemos la misma tendencia: exceso de orgullo y carencia de dignidad. Es más, llegaría incluso a hacer una distinción de sexos aún a riesgo de que se me tache de machista, de feminista o de ambos. Los hombres tienen más tendencia a tener un exceso de orgullo, mientras que las mujeres preferimos la carencia de dignidad. Evidentemente no todos los casos son así, y esta es una generalidad muy grande, y lo cierto es que las mujeres cada día tenemos más tendencia a copiar los malos hábitos de los hombres en vez de perder los nuestros propios (¿eso significa que nos encontraremos en algún momento con mujeres sin dignidad y sobradas de orgullo? Es posible; las mujeres somos así de paradójicas).

Yo misma tengo tendencia a ser muy orgullosa, aunque creo que nunca he dejado que el orgullo me cegase a la hora de reconocer que no tengo razón. Eso, en mi opinión, no es ser orgulloso, es ser estúpido. Y a pesar de esa tendencia mía he tenido momentos en los que he perdido la dignidad. Lo peor de esos instantes es que, posteriormente, te has sentido orgullosa de haberla perdido porque creemos que es una cualidad mucho mejor que el orgullo masculino. Creemos, a veces, que perdiendo nuestra dignidad un minuto les vamos a mostrar lo muy equivocados que están ellos con su orgullo aguerrido. ¿Es eso cierto?¿Qué pasa cuando, a pesar de que perdemos nuestra dignidad, ellos no reconocen su error?¿Habremos perdido dignidad para nada?Y una vez que pasa eso, ¿cómo la recuperas?¿Se recupera?

Yo creo que no hay ser más estúpido que una mujer que se dice enamorada, y con ello me refiero a esas mujeres que justifican sus errores por haberlos hecho en el nombre del amor. ¿Es eso una justificación real?El amor no es una bandera; es algo intrínseco, y probablemente uno de los sentimientos más egoístas y ególatras que existen. Y eso no impide que sea algo maravilloso con el que no creo que podamos justificar estupideces que, como humanos, somos capaces de cometer.

Es difícil encontrar el término medio a cualquier cosa, ¿verdad?

domingo, 12 de agosto de 2007

El amor a los 15 años

Tengo una alumna que tiene 15 años (¡"pa´ 16", como recalca ella una y otra vez!). La conozco desde que tiene 10 y le doy clase desde que tiene 12. Tiene un carácter difícil, aunque probablemente bastante menos de lo que su padre se empeña en decir. La he visto evolucionar a través de estos tres años; y a estas edades los cambios de un año para otro suelen ser bastante marcados. Me ha costado mucho darle clase. Me ha costado mucho que hiciese lo que le pido que haga, o que me trate con el respeto con el que no es capaz de tratar a su padre. Pero la ha hecho; y con los años me he convertido en esa suerte de confidente, de hermana mayor que necesita cualquier chica de esa edad que no tiene una presencia materna.

Los años anteriores sus peticiones de consejo se cernían a la relación que tenía con sus amigas. Que si "yo era su mejor amiga y ahora ya no lo soy", "me han dejado de lado porque me castigó mi padre sin salir", o "nos gusta el mismo niño". Muy típico todo. Este año ha pasado a una siguiente etapa, pero también de lo más típica.

La semana pasada me pidió consejo sobre un chico. "¡Estoy enamoradísima! Pero no sé si él me quiere como su amiga o como algo distinto". Yo, estúpida de mí, no estaba lo suficientemente atenta al trance por el que la niña estaba pasando. Yo, doblemente estúpida de mí, haciendo buen uso de mi semi recién adquirida madurez, me olvidé de lo que es tener 15 años, y le quité hierro al asunto, diciendo lindeces como: "Ay, no volvería a tener tu edad nunca", o "menos mal que te harás mayor algún día". ¡Por Dios!

Si bien es cierto que luego me aflojé un poquito y recordé que probablemente no le vendría mal un buen consejo. "Hazlo rabiar. Dale celos, sin que él note que lo haces con esa intención. Háblale, desde la amistad, de otros chicos. Díle que te gusta un chico y que no sabes que hacer". Claro que de lo que no me di cuenta fue de que eso iba a generar más dudas: "¿Y si le da igual? ¿Y si me dice que él me ayuda a conseguir a ese otro chico?".

¡Ay! ¡Bendita adolescencia! Pero, en realidad, ¿difiere tanto de las etapas siguientes?

En mi etapa más adolescente era demasiado tímida. Me ponía colorada por cualquier cosa, si me miraban, si me hablaban, etc. Mi mejor arma era la amistad. Tenía buenos temas de conversación y siempre supe divertirme. Pero fue una época en la que fui, quizá demasiado tiempo, "la amiga de ...", "la rubita", o cosas por el estilo. No me gustó; para que voy a negarlo. Hasta que desperté... aunque muy poco a poco.

La que le siguió fue muy divertida, aunque con un gran toque de dramatismo, que es como se tienen que vivir las cosas a esas edades. Conocía a chicos, pero no terminaba de cuajar. Sufría lo indecible intentando entender qué era lo que tenía de malo o lo que hacía mal como para no tener novio. Vi a todas mis amigas tener uno o más novios; y ha habido momentos en lo que he sido la única sin pareja. Tardas en aprender a disfrutar de una situación así, y mucho más cuando sólo tienes 20 años, y no entiendes ni papa de lo que te rodea. Hasta que, de alguna manera, lo asumí, y comencé a disfrutar de mi situación de soltera empedernida (cosa de la que dejado constancia en estas páginas).

Rocé el cinismo absoluto con frases como: "Yo tengo buen gusto para todo menos para los hombres."

Hoy que sí tengo pareja, que estoy tranquila, sin dudas gigantes ni graves inseguridades, puedo afirmar lo equivocada que estaba. Sí tengo buen gusto para los hombres. Todos los hombres que han durado en mi vida algo más de una semana son grandes hombres (o eran futuros grandes hombres) sin excepción. Guapos, inteligentes, independientes, talentosos, cariñosos, buenos amigos. Esto no quita que yo haya tenido queja de ellos, ni ellos de mí. Hay cosas que duelen, pero es a lo que nos exponemos al tratar con otros seres humanos. "El acople es complicado", dice mi padre; y yo no puedo estar más de acuerdo. Que no haya salido bien con algunos de esos hombres estupendos con los que me he cruzado no significa más que no eramos adecuados el uno para el otro. Y es que que algo sea bueno no significa que sea bueno para nosotros.

Ha tenido que llegar un hombre aparentemente disitinto a mi vida para que yo me diese cuenta de todo esto. Pero es que sólo es aparentemente distinto, porque en lo demás es guapo, inteligente, independiente, cariñoso y buen amigo, y además, en estos momentos ( y espero que por mucho tiempo) es el adecuado.

Y por cierto, esta semana mi alumna volvió a hablarme de su vida sentimental: "Ya no me gusta ese chico. Ahora me gusta otro."
Lo dicho: ¡Bendita adolescencia y benditos 15 años!

martes, 19 de junio de 2007

¡Querid@s he vuelto!

Y vengo con fuerzas renovadas y nuevos puntos de vista. Prometo que, aunque haya un hombre en mi vida, no voy a cambiar esos puntos de vista ácidos (a veces amargos...y otras veces dulces, claro) que han caracterizado este espacio. No quiero que, como esos especímenes que ya he citado alguna vez, mi opinión gire en torno a mi nuevo estatus amoroso...Digámoslo así: ahora soy una infiltrada.



He aprendido una cosa en estos meses fuera: el macho ibérico es una raza aparte.

Enfrente de mi casa en Dublín estaban construyendo una pequeña urbanización. Fue alucinante la rapidez con la que, en tan sólo 10 meses, terminaron la construcción de las primeras casas. No me explicaba yo la grandiosa hazaña hasta que salí la primera mañana en pijama a la puerta principal de mi casa...Nada. Nada de nada. El más absoluto silencio. Algo era raro y distinto, aunque en un primer momento no fui capaz de identificarlo.
La siguiente mañana salí en bata de seda negra a dejar un pañal en el cubo de la basura. Y nada otra vez... Y entonces me di cuenta: ninguno de la cuadrilla de obreros me decía nada desde el otro lado de la calle. ¡Oh Dios! ¿Dónde estaban esos piropos que te ruborizan, y no siempre porque sean bonitos? Mi primera impulso fue pensar que yo había perdido facultades... pero poner un pie en España fue clarificador. El día que fui a la oficina del Inem el jardinero del Ayuntamiento paró la desbrozadora para llamarme "guapa". Me han llamado "cuerpo", y un comercial ha intentado ligar conmigo en la puerta de mi casa a pesar de que no le abrí la puerta en pijama sino en chándal y con zapatilla de peluche rosa.
¡Qué alegría volver a casa! España, ese país dónde todo se para porque pasa una mujer con una falda; dónde siempre hay tiempo para decirle alguna obscenidad a una hembra. Tardarán 3 años en acabar una casa, pero las españolas estamos bien atendidas, bien piropeadas.
¡Jesús! ¿Es que a los europeos no les corre la sangre por el cuerpo?
El macho ibérico también tiene carencias, que conste.
Estando en una estación de tren en Irlanda con dos amigas, una polaca y otra austríaca, teníamos a 2 españoles al lado. Evidentemente, ellos no sabían que yo era española. Ni tengo pinta ni tengo acento español. Uno de ellos le pidió un cigarrillo a mis amigas. Ninguna de ellas fuma. Ninguna de ellas tiene mucho saber estar. Empezaron a reir con nervio y le dijeron que no. Nos subimos al tren, y ellos se quedaron en la estación. Momento que, los muy cobardes, aprovecharon para insultar en español. ¿Cuál es el insulto favorito de un macho ibérico para una hembra? FEA. Sí, sí, fea, nos llaman fea. Por supuesto, les respondí en español, como buena hembra ibérica, que no soy más fea que su madre. Tardaron en darse cuenta de que yo era compatriota...¡Pobres! ¡No esperaba menos de ellos!
A pesar de todo, yo encantada de volver y de encontrarme con esos personajes tan entrañables como Jesús Quesada. Al final, ¿cuál de nosotras se puede resistir al " Quién fuese paso de peatón pa´ verte el mejillón" o al "esa cacha pa´mi hacha".
Mujeres españolas sentíos afortunadas cada vez que escuchais una de esas frases que hacen que se os revuelva todo. Pensad que podríais no oirlas...

domingo, 13 de mayo de 2007

Esto es un breve mensaje para recordaros que sigo aqui; que no me he ido...de hecho en tres semanas me vuelvo a casa.
Podria escribir muchas cosas hoy, pero estos teclados sajones me sacan bastante de quicio; y por culpa de mi deformacion profesional, me cuesta mucho escribir con faltas de ortografia, y con este teclado no me queda mas remedio, ya que no tengo ni acentos ni enhes (!!!!!!!!).
En fin... No desespereis. Se que me echais de menos ( y yo a vosotros...) pero dentro de nada me encontrare con mis dudas existenciales y relacionales buceando de nuevo en la red.
Gracias por seguir ahi!!!!Os quiero!!!!
(Es genial...parece que tengo un monton de fans!)Jajajaja

sábado, 31 de marzo de 2007

Adiós Irlanda!

No hace mucho que he vuelto de la Isla Esmeralda...otra vez. Lo mio con la isla es como una enfermedad. La verdad es que ahora mismo estoy empezando a recrear esa relación de amor-odio que surgen entre los grandes amantes, entre las grandes pasiones. Es esa delgada línea entre el amor y el odio.
Irlanda ha sido "mi amante" durante casi 10 años. Allí he encontrado las respuestas a muchas preguntas. Mi viaje iniciático comenzó y terminó allí. Aprendí a estar sola. Aprendí a conocerme a mí misma. Aprendí a asumir mis miedos...
Irlanda ha sido mi refugio durante todo este tiempo. Ha sido mi bocanada de aire fresco; el respiro de mi realidad asfixiante.
En Irlanda descubrí probablemente lo más parecido a tener una vocación. Empecé a leer de una manera distinta.Y así, de repente, me di cuenta de que leía a ciertos autores con algo de envidia. Comencé a escribir. Allí no escribí las mejores cosas, pero fueron unos comienzos muy apasionados y fructíferos. Aprendí a leer y releer mis trabajos, y a tener el criterio suficiente como para ser capaz de tirar aquello que no era suficientemente bueno (si bien con los años me he vuelto más dura conmigo misma...). Y fue el descubrimiento que más feliz me ha hecho en mi vida...probablemente.
También fue en la Isla dónde aprendí lo que era el amor de verdad, o al menos me enamoré por primera vez. Fue el amor más intenso que he sentido nunca, y por ello el desamor que vino con él fue, también, una de las lecciones más duras que he tenido que aprender.
Pero, aunque aún faltan un par de meses para que abandone la Isla, ha llegado el momento de despedirme. Tengo que decir adiós a muchos sueños ligados a ella. No lo digo con desesperanza; es como esa relación que sabes que no funciona a pesar de que haya mucho amor. Siempre te quedará esa pequeña sensación de que no lo has intentado lo suficiente, o que al menos lo podrías haber intentado un poco más. Pero en el fondo, sabes que es el paso que tienes que dar para conseguir que tu vida avance. Nunca olvidaré todo lo que ese pequeño país, y en concreto mi adorada Dublín, me ha dado. Sin embargo, sé que ha llegado el momento de despedirme de ella y de todo lo que ella implica.
Adiós mi adorada Eire! Adiós Dublín! Adiós!



(*) Siento mucho haber tardado tanto en actualizar todo esto. Pido disculpas, así mismo, por las posibles faltas y carencias que puedan hallar en este texto. Estoy desentrenada, pero espero ponerme al nivel adecuado en las próximas semanas. He echado mucho de menos, sin embargo, escribir en este, mi pequeño espacio.

martes, 9 de enero de 2007

Invencibles e inmortales

La primera vez que tenemos consciencia de entrar en el mundo de los adultos es la primera vez que nos enfrentamos a la muerte. Es en ese momento cuando nos hacemos perfectamente conscientes de nuestra mortalidad, y de la de aquellos a los que amamos. Hasta que llega ese momento creemos que la muerte es algo muy lejano, muy ajeno a nosotros. Cuando somos niños imaginamos que nuestros padres son como Superman, que no hay nada en el mundo que ellos no puedan hacer, y que no hay barrera que no puedan superar. Son invencibles y, por supuesto, inmortales. La invincibilidad paterna se va disipando dando paso a nuestra propia invencibilidad cuando nos convertimos en adolescentes; pero, sin embargo, la supuesta inmortalidad sigue ahí.
Posiblemente a la primera muerte a la que me enfrenté fue a la mía propia. Tranquilos; no escribo desde el más allá y esto no lo puede analizar Iker Jiménez... Pero sí que es cierto que hubo una vez en mi vida, cuando todavía me creía invencible e inmortal, que pensé que mis días tenían fecha de caducidad. Primero me asusté mucho, muchísimo; y luego me sorprendí pensando que si mi dolor se iba a acabar así no me importaba. No puedo describir el alivio que sentí cuando el médico me dijo que lo que tenía era una enfermedad crónica. "¿Me voy a morir de ello?". Ante la respuesta negativa respiré tranquila, y me dejé llevar por mi enfermedad tranquila ante la perspectiva de saber que "mi momento" (¿por qué nos ponemos eufemísticos cuando hablamos de la muerte?) no había llegado.
Cuando fui consciente de que mi abuelo se estaba muriendo, y a su vez fui consciente de que él también lo sabía y lo asumía, sentí el dolor más terrible de mi vida. Sólo él, mi madre y yo aceptamos su muerte mucho antes de que llegase. Me hice mayor. Aprendí qué hay cosas por las que no vale la pena llorar, y que hay muchas por las que luchar, y vivir. Pero duele aprender. Aquel día en el tanatorio supe que algún día yo estaría en el mismo lugar que ese día ocupaba mi madre. Ella me dijo que no hay dolor en el mundo que se pueda equiparar a la pérdida de tus padres. Dice que en ese momento te sientes absolutamente solo en el mundo; que ya no hay nadie para quien vayas a ser "la niña", y que, además, eres consciente de que tú eres el siguiente.
Pero, paradójicamente, yo aquel día también comprendí que la vida hay que vivirla sin miedo; que no hay tiempo para tonterías. Ese día aprendí a ser menos neurótica, a preocuparme menos por mí misma, y a la vez a ser una persona mucho más valiente y optimista de lo que lo he sido nunca. Y es que esa es la mejor herencia que me dejó mi abuelo.
Yo quería que en su funeral hubiese sonado una canción, pero el lugar no era el más adecuado, así que al final, cuando esta semana me preguntaban en un test qué canción me gustaría que sonase en mi funeral inmediatamente me apropié de la suya: My way. Quiero que, cuando llegue el día, mi vida le haga absoluta justicia a la canción.
Vivimos y sin embargo la única certeza que tenemos es que un día moriremos. Amigos, yo no creo en Dios, así que no creo que me espere nada más; así que el tiempo que estemos por aquí bebamos, comamos, amemos, o sencillamente vivamos.

domingo, 31 de diciembre de 2006

Propósitos para el año nuevo

Bien, hoy se acaba el año. ¿Balance? Siempre positivo, pero todo mejorable. Yo soy lo primero que se puede mejorar, más si cabe (empezando por minimizar los arranques de cretinez...).
Este año que no empezó con buen pie me ha deparado cosas muy buenas. He conseguido algo muy importante como es terminar las cosas que tenía empezadas, que eran muchas y variadas. Aún a riesgo de equivocarme, creo que puedo decir que finalmente estoy licenciada, cosa que creí que no iba a pasar nunca. He dado un paso más para romper con el pasado, y cada día procuro más mirar hacia el futuro. He aprendido lo bueno de estar aquí y lo malo de estar allí. He recuperado mucha de la dignidad que creí perdida. Y lo que para mí es lo más importante, he perdido el miedo a escribir, a creerme mediocre, y he conseguido compartir esa parte tan importante de mí con mucha gente. He recibido una buena acogida lo que me ha animado para seguir haciéndolo y hacerlo sin miedo (gracias Kattia, Glo, Luchi, Bea, Dami, Ana, Isa, Jaume, Vic y mamá y papá y Gabo, por supuesto). Me he dado cuenta de que cada día que pasa estoy más cerca de enamorarme otra vez, y de ser capaz de sentir como antes. He descubierto Sexo en Nueva York y Las Chicas Gilmore. He sido acogida en una nueva familia, mi familia irlandesa que, a pesar de las horas de trabajo, han sabido siempre como compensarme. He conocido a una bellísima persona como es mi querida tirolesa Yvonne. He descubierto definitivamente a Robbie, a J. K. Rowling y a Henning Mankell. He asumido, más todavía, mi lado femenino y le he dado un toque de glamour a mi vida (viva el strass, el Moët Chandon y Carrie Bradshaw). Todas cosas necesarias para hacerme la persona que hoy, 31 de diciembre de 2006, soy.
¿Qué me queda por hacer? Afortunadamente mucho; si no estaría perdida... el aburrimiento es mi perdición. Creo que este año empezaré mejor que el pasado, aunque, por si acaso, intentaré no tener demasiadas expectativas...no vaya a ser. En el 2007 quiero decidir hacer algo con mi vida, pero primero quiero disfrutar del hecho de no tener que estudiar. Quiero seguir escribiendo y dedicarle mucho más tiempo. Quiero cuidarme y que mi salud no se deteriore a pasos agigantados. Quiero sentirme bien por dentro y por fuera. Quiero conocer Londres, e ir a ver a Adry. Quiero tener mucha paciencia, y controlar mejor mis cambios de humor. Quiero sentirme más yo misma. No quiero que todos mis sueños se hagan realidad, me conformo con que todo vaya un poco mejor; y si lo malo tiene que venir, quiero ser lo suficientemente adulta como para enfrentarme a ello sin amargura.
Podría decir como las misses que quiero la paz mundial y la armonía en el mundo, pero no, quiero la paz y armonía en mi mundo y en el de los mío, que eso es bastante más factible y está más en mis manos. No todo será bonito, apacible ni armonioso pero, como dirían los Beatles (lo siento Jaume) "I will try with the little help from my friends". ¿Os he dicho últimamente que os quiero? ¡Feliz año a todos!

miércoles, 27 de diciembre de 2006

Antes soltera que sencilla

Ayer quedé con un ex algo mío, y actual amigo. La verdad es que nunca estoy segura de por dónde me va a salir. La penúltima vez que nos vimos dijo que yo era la mujer de su vida, para retractarse días más tarde aduciendo su estado ebrio como causa del romanticismo. La semana anterior me llamó a las 6 de la mañana de un jueves, pero esta vez no cogí el teléfono temorosa de que su estado etílico lo llevase a creerse una especie de Romeo de barrio llamando al balcón de su Julieta.
Ayer, sin emabargo, embriagada por las fiestas navideñas sin duda, descolgué el teléfono cuando me llamó y me sorprendí quedando con él para tomar un café. Me vino a buscar, como lleva años haciendo, aunque la magia se nos haya quedado por el camino. De camino al bar me dijo que tenía muchas cosas que contarme, sobre todo de chicas. "¿Me estará intentando poner celosa o esta vez me tratará de verdad como una amiga?" Él casi no hablaba, ni me preguntaba, así que yo rompía una y otra vez los silencios llegándoseme a acabar el repertorio. "Estás muy preguntona hoy, ¿no?", me espetó. "Claro", pensé, "no voy a dedicarme a mirar para tí; eso ya lo he hecho antes y así me fue". Menos mal que finalmente sacó el tema en cuestión. Resulta que tiene una novia, pero sale de vez en cuando con otra. La segunda le gusta más que la oficial, pero como, al parecer, esta es una chica difícil, y no sabe muy bien cuáles son su posibilidades con ella, sale con la otra que la tiene segura. "Ya sabes que necesito compañía...". Es cierto; experimenté en mis carnes sus necesidades de compañía, hasta que ví que era una más en el harén (él, por supuesto, siempre lo negaba: "Tú eres distinta; contigo es especial; pero no estoy preparado para la clase de compromiso que una mujer como tú necesita").
Comprenderéis ahora mi estupor cuando, ni corto ni perezoso, torna la conversación hacia mí: "¿Pero tú cuándo has tenido novio de verdad?". Me mordí la lengua para no contestarle lo que relamente pensaba, y le dije que "aquel que no debe ser nombrado" y yo habíamos sido novios, cosa que él se apresuró a negar: "Eso no fue tener novio". Le contesté que lo que él entendía por novio yo no lo iba a tener nunca, porque no me gusta que me saquen de paseo los domingos ni que me lleven al cine y me hablen durante la película, ni tengo necesidad de contar mis neuras de trabajo a nadie, y que si lo necesito llamo a mi madre. "Me gusta mucho estar sola, y no me gusta dar explicaciones". Ay Judith, me dijo, "te veo solterona toda tu vida". JODER; habló el experto en relaciones...
Y es cierto; creo en tener pareja y no tener novio. Quiero que, si voy a tener que renunciar a parte de mi tiempo para estar con una persona, esa persona me aporte algo más aparte de sexo y compañía, porque si fuese eso lo único que busco me compraría un perro y un vibrador. Me aburro fácilmente, y es lo peor que me puede pasar. Necesito estímulos constantes, retos y metas a las que llegar; y quiero un compañero que quiera que lo hagamos juntos, vivir. Quiero a alguien que no sólo me quiera sino que me comprenda, o lo intente, me respete y me arrope siempre que lo necesite. ¿Le pido mucho por ello a la vida? Puede ser; por eso: antes soltera que sencilla...

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Culpas

El mejor recuerdo que conservo de mi abuelo paterno es de cuando me llevaba siendo muy pequeña a ver los trenes. Me gustaba ver a la gente que entraba y salía de la ciudad. También recuerdo cómo pretendía enseñarme a nadar a base de tirarme a la parte profunda de la piscina con una burbuja de poliespán enganchada en mi espalda. Sólo consiguió que tragase mucha agua y que tuviese miedo, casi de por vida, a nadar en donde no hago pie. Soy su niña, su favorita, y aún recuerdo, casi con espanto, cómo le dijo una vez a "áquel que no debe ser nombrado" que me cuidase bien porque "es lo más bonito que tengo", dándole así el visto bueno y su beneplácito. Mis recuerdos de él se reducen básicamente a eso. Me daba un paga semanal, y cumplió algún capricho mío llegando a enfrentarse a mi madre. Sé que es un hombre bueno y honesto, y sé que me quiere, y mucho; sé que ha sido un hombre muy trabajador además de un buen futbolista.
De mi abuelo materno tengo tantos recuerdos que no soy capaz de ordenarlos. Desde los primeros cuentos que me contó, o las primeras películas que vimos juntos, a los viajes que hicimos. Me volvía loca. Él siempre quería salirse con la suya, y yo soy igual. A mí me lo permitía. Con él subí por primera vez a un avión, visité Sevilla, Gibraltar, Ciudad Rodrigo y Lisboa. Él me habló por primera vez de la materia gris de Hercules Poirot, de los Reader´s Digest, y me llevaba a comprar libros. Se sentaba conmigo y me preguntaba por mi vida, a pesar de que mamá ya le hubiese contado casi todo; me preguntaba por mis sentimientos, por mis expectativas, por mis sueños,... Y aunque él muchas veces también me tiró al mar con muchas olas siempre me decía que no tuviese miedo porque él iba a estar allí para salvarme.
Mi abuela materna nunca ha estado. La conocí muy tarde, y nunca ha mostrado un interés real por mí. Sin embargo, mi abuela paterna es mi segunda madre. Igual que ella, me levanto por las mañanas demasiado dormida y no me gusta que me despierten. Mi abuela tiene una sensibilidad distinta a todas las mujeres de su tiempo; era una adelantada a la que las circunstancias la dejaron atrás. Por ella me sé el estribillo de un montón de coplas; por ella tengo un amor tremendo por los animales, y sé cómo tratarlos. Con ella me ha gustado ir al cine, al ballet o a la ópera. Cuando era una niña me cantaba "Chiquitita" de ABBA (puede que de ahí mi gusto por el disco-pop). Con ella puedo estar horas sin decirnos nada y sentirme en casa. Sé hacerla reir.
Puede que por todo esto, cuando tenía 4 años le dije a mi madre que no entendía como mi abuela paterna y mi abuelo materno no estaban juntos. Me parecían la pareja perfecta.
Sabemos por qué queremos a alguien o no, y sabemos que, a pesar de que no está bien, tenemos nuestras preferencias. Ya sabes, esa estúpida pregunta que se les hace a los niños, y a la que, a su vez, se les enseña a contestar: ¿A quién quieres más, a mamá o a papá? Y si bien en muchos casos es cierto que no queremos a uno más que al otro, sí que es cierto que se tiene más afinidad con alguno de los dos. Y es ahí donde empieza la culpa; cuando pensamos que no queremos tanto a alguien que nos quiere mucho; cuando no comprendemos a un amigo que busca comprensión; cuando no podemos dar más de lo que podemos ofrecer.

sábado, 2 de diciembre de 2006

No tengo novio

No tengo novio. Hace mucho que no lo tengo, y los pocos que he tenido me han durado bien poco. Ante tamaño hecho hay diversas reacciones.
Los que llevan con novi@ toda la vida te comentan la envidia que les produce: "Mujer, qué envidia me das. Puedes hacer siempre lo que quieras sin tener que consultarlo con nadie. Además seguro que conoces un montón de hombres y tienes una vida mucho más interesante que la mía..." Dicen querer vivir una vida como la tuya (aunque la realidad de lo que es tu vida y la idea que tienen distan bastante de ser la misma) y sin embargo, no hacen nada para cambiarla y hacer que se parezca a lo que ellos creen que vives. ¿Qué clase de envidia es esa? Me dan ganas de responderles: "Pues ya sabes. Deja tu novi@, tu vida monótona y tranquila y a follar que son dos días". ¡Joder! ¡Ni que fuese tan complicado!
Tenemos también otro tipo de comentarios, los de aquell@s que tienen novi@ reciente. Te miran constantemente con esa cara de "pobre... no tienes a nadie con quien compartir tu vida. No tienes sexo habitual, y para encontrarlo tienes que recurrir al alcohol y a faldas con categoría de cinturón". Piensan que todos los que no tengan ese "status" pierden algo maravilloso de la vida. Y no importa cuánto dure sus nuevas relaciones, lo único que importa es que las tienen y tú no.
Me enfrento también a los comentarios y preguntas y especulaciones de familia y demás conocidos: "¿No será lesbiana? Hombre una vez tuvo novio, ¿te acuerdas? Debió de ser en el 2002"; "a ver si te espabilas... que te vas a quedar para vestir santos"; "¿cuándo voy a ser bisabuelo?", o la que sin duda ha sido mi favorita a lo largo de todos estos años: "¿Qué, Judith, ya conseguiste novio?". Por mi parte he ido mejorando mi elenco de respuestas. Pasé del escueto "no" acompañado de un cierto rubor en las mejillas, a mi última frase cínico-escandalizadora: "si para ser madre necesito novio, prefiero que me inseminen como a las vacas".
Y así han ido pasando los años, y sobre mi persona corren un cierto número de rumores que nunca me he molestado en desmentir, ya que hacen que mi vida, y yo misma, parezcamos más interesantes y misteriosas de lo que en realidad somos. He sido lesbiana, y además he llevado los pantalones en la relación; he sido una deborahombres que se acuesta con uno distinto todas las semanas (si bien hay semanas en las que el número es mayor); he sido monja vocacional y soltera de profesión hasta el punto que no me extrañaría que, en ciertos ambientes, se rumoree que soy virgen; he sido una psicótica insoportable con grandes dificultades para convivir; pero, sin duda, mi favorito, es el rumor que dice que hay una ruptura en mi vida de la que no me he repuesto y de la que nunca lo haré, porque ya conocí al hombre de mi vida y no habrá otro como él.
Yo, como siempre, no me veo ni en un lado ni en el otro. Soy mucho más normal de lo que la gente se empeña en ver, pero he de confesar que me divierte, mucho, la idea de que me vean de esa manera. Pero ni soy soltera vocacional ni vivo sumida en un depresión por el abandono de "mi amado". Tampoco soy lesbiana, ni alcohólica ni quiero ser inseminada. Simplemente no tengo novio, aunque resulte tan difícil de creer, cosa que, por otra parte, me halaga.

miércoles, 29 de noviembre de 2006

Se busca hombre de los de antes

Parece un tópico de los de toda la vida, de esos como que "con Franco se vivía mejor", pero es cierto que ya no quedan hombres como los de antes.
El otro día una amiga y yo hablábamos de los actores en blanco y negro. Yo le decía que me encanta Cary Grant, especialmente mientras fue en blanco y negro, porque cuando llegó el color ese moreno radiactivo dejó de tener tanto atractivo. Me gusta Cary Grant en "Arsénico por compasión", en "Tú y yo" o en "Historias de Filadelfia", sin duda una de mis favoritas, o en "La fiera de mi niña".
A mi madre siempre le gustó Gary Cooper. Dice la leyenda que era tan alto que casi todos los planos de "Solo ante el peligro" tuvieron que ser contrapicados para que cupiese en el plano. De él me quedo con "Bola de fuego", probablemente porque hace de lingüista. Lo único que no puedo entender es que alguna vez tuviese un "affair" con Sara Montiel. No niego la belleza de la buena mujer en sus tiempos, pero no hablaba papa de inglés; aunque sospecho que no debieron de hablar mucho... Pero mientras mi madre hablaba de Gary, yo prefería a Monty Cliff. Ese aspecto tan lánguido, esos ojos tan azules, ese perfil adónico,... claro que yo, en ese momento no era consciente de su homosexualidad, aunque no por ello haya perdido atractivo.
Eso sí, mi madre y yo, en nuestras innumerables conversaciones listando a los hombres más guapos del celuloide, hemos estado siempre de acuerdo en dos: Paul Newman y Robert Redford. ¿Qué mujer no ha entendido la difícil posición de Catherine Ross, la guapa chica "Dos hombres y un destino"?¿Con cuál te quedarías? Con los dos, por supuesto. Por separado también han estado fabulosos. Personalmente descubrí el sex appeal de Paul con dos películas: "La gata sobre el tejado de zinc" y "La leyenda del indomable". A Robert fue en esa encantadora comedia, "Descalzos por el parque", y este año vi, por primera vez, "Tal como éramos". ¡Por Dios! Debería estar prohibido ser tan guapos.
Pero no se trata de eso. No es la belleza la que los hace "hombres de los de antes". Es ese porte, esa manera de llevar un traje como quien se pone un pijama, y de usar la corbata en una fiesta para algo más que acabar con ella en la cabeza (¿de verdad hay alguien que lo encuentre divertido? ¿Hay alguna mujer que, para más inri, lo encuentre atractivo?). Tenían esa forma de mirar a las mujeres tan descarada y a la vez sutil: de perfil, mirando de soslayo, con una ceja levantada, y la sonrisa de medio lado. ¿Por qué sino hemos encontrado alguna vez atractivo a Humphrey Bogart o a Clark Gable? Por esa forma en la que miraban a Lauren Bacall o a Vivien Leigh. Los hombres de antes te abrían la puerta de todos los sitios como un mero gesto de galantería, no para verte el trasero.
Y hablo desde el conocimiento. No he conocido a Paul Newman, por desgracia, ni a Cary o a Gary, pero conocí a Carlitos Deus. Carlitos decía que un hombre que habla en público de las mujeres con las que ha estado no es hombre ni es nada. Carlitos iba siempre de traje, impoluto, y los tenía de sport, y para las ocasiones más especiales. Carlitos Deus tenía unos modales exquisitos en la mesa, tanto que, a veces tenías la sensación de estarte preparando para ir a cenar a la Zarzuela. Tenía el pelo blanco más bonito que he visto nunca; más que blanco era plateado, y siempre lo llevaba cortado a la perfección, y siempre con la raya al lado. Siempre llevaba un peine en la cartera, y en la guantera del coche tenía un frasco de colonia de lavanda, "para refrescarme", me decía. Era guapísimo. Decían que se parecía a Errol Flynn, y a él, que era muy coqueto, le encantaba. Las mujeres lo adoraban, y él lo sabía, pero las trataba como señoras, y siempre tenía una palabra bonita para todas ellas. Tenía sentido del humor y del saber estar. Me decía: "Allá donde fueres, haz lo que vieres", "es así como se viaja". Le llamábamos John Wayne, porque su coche era su caballo, del que no se apeaba si podía evitarlo. Sabía bailar, mejor o peor (hay muchas historias al respecto), y tenía un millón de historias para contar. Su vida, mis sentimientos y mis recuerdos de él darían para mucho más que esto. Y aunque no le hago justicia en tan pocas líneas, y a pesar de sus muchos defectos, que los tenía, Carlitos era un hombre de los de antes, de los que ahora es muy difícil encontrar.

viernes, 24 de noviembre de 2006

Como en casa de mamá...

Resulta que, temporalmente, después de casi 4 años semi-independizada, vuelvo a vivir con mamá y papá.
La verdad es que hemos pasado por diferentes etapas:
Primero, vino la de reencuentro. Todos estábamos muy contentos de volver a vernos, ya que hacía seis meses que no nos veíamos. La vida estaba repleta de noticias y novedades que no tardaron en agotarse. Sólo mamá y yo intuíamos qué era lo que venía después; y la verdad es que no tardó tanto en llegar.
La segunda etapa consitió en mi huida. De repente, me empezó a faltar el aire. No me llegaba el espacio, ni tenía mucho tiempo para mí misma. Así que me dediqué a expandir mis horizontes por los bares de la zona, que son unos cuantos. No me entendais mal; no me volví alcohólica, sólo que tuve un verano coruñés. Para el que no está familiarizado con la experiencia os contaré que se trata de pasar las menos horas posibles bajo techo, y que, a ser posible, las pocas horas que estás a cubierto sea de fiesta en fiesta, o de bar en bar. La veda se abre el día de San Juan con las hogueras en la playa y dura hasta que aguante el buen tiempo, tu higado pida papas o te entre el juicio y recuerdes que no eres un vampiro, sino que existe vida antes de las 10 de la noche. Y no, mis padres no me empujaron al alcoholismo eventual; es más, se dignaron a recordarme que a lo mejor debería parar antes de que el higado empezase a hacerse puré. Incluso mi hermano pequeño tuvo algún tierno comentario del tipo "no crees que está un poco mayorcita como para acostarte a las 9 de la mañana como si fueses una adolescente". Creo que esos comentarios hicieron más mella en mí de la que creía...
Y finalmente llegamos a la etapa en la que me encuentro ahora: la aceptación. No puedo negar el hecho de que vivo aquí. Así que me he acomodado sospechosamente...
Mi pregunta es ¿qué nos pasa cuando volvemos a vivir en casa de mamá?¿O cuando simplemente vamos a hacerles una visita?¿Por qué de repente nos volvemos unos inútiles otra vez?
Durante 4 años he llevado mi casa. Me he hecho la comida, y todas las noches recogía el salón para no verlo desordenado por la mañana. He puesto lavadoras, y fregado el baño dos veces por semana. He ido a hacer la compra, hecho pedidos, ido a la tintorería cuando lo he necesitado. Y ahora de repente, es como si no supiese hacer nada de todo aquello que he hecho con tanto esmero todos estos años. He cuidado de más de cinco niños no mayores de 9 años a la vez que preparaba la cena para siete, o mientras limpiaba una cocina del tamaño de medio piso de mis padres. ¡Y el otro día me sorprendí a mí misma pelando mandarinas encima de un cojín en vez de en un plato! (Mamá no te enfades...).
Retrocedemos a la infancia, o a la adolescencia como mínimo. Nos hacemos vulnerables y comodones. Olvidamos todo lo que hemos aprendido por nosostros mismos; nuestro logros cotidianos, como son aprender a hacer una bechamel. Nos abandonamos en brazos de nuestro padres. Y la verdad es que es algo muy contradictorio, porque mientras ellos se quejan de nuestro asentamiento en la comodidad de la casa paterna, por otro lado nos dicen que no sabemos hacer las cosas, que todavía nos queda mucho por aprender para llegar a ser una persona que pueda valerse por sí misma.
Dependemos tanto nosotros de ellos como ellos de nosotros; y tanto a padres como a hijos nos cuesta aceptar ese hecho.
Por supuesto que una cosa está bien clara: ellos tienen los dos puntos de vista; saben lo que es ser hijo, y también lo que es ser padre. Nosotros, de momento, sólo tenemos el punto de vista de la progenie; pero eso no quita que ellos también puedan aprender de nosotros, ¿no?

miércoles, 22 de noviembre de 2006

Página en blanco

Esto funciona así: te levantas una mañana legañosa y sin saber muy bien qué haces en el mundo. Te sientas delante del ordenador sin haber asimilado que ya tienes los ojos abiertos (eso dando por hecho que te hayas lavado la cara y te hayas quitado las legañas). Mientras se pone en funcionamiento e introduces todos los nombres de usuario y las contraseñas, enguyes el desayuno, para que, cuando ya esté arrancando el programa que te interesa, estés casi despierta gracias a que ya has empezado a ingerir tu dosis de teina. Normalmente arrancas varios programas a la vez, entre ellos el messenger, así que cuando te das cuenta ya tienes un par de ventanitas con un par de conversaciones de lo más variopintas (pero qué sería yo sin la peke in the morning...). A la vez que mantienes conversaciones comienzas a escribir, e intercalas párrafos de profunda autorreflexión con líneas con frases muy gestuales del tipo "jajajaaja" o "juas" o "Ah" o "ein". Por fin, cuando acabas de escribir, con el tiempo justo para salir pitando a meterte en la ducha, no repasas lo que has escrito, y piensas "Buf, a saber lo que puse. Voy a tener que repasarlo esta noche". Cuando llegas a casa te encuentras con que tu correo está lleno de comentarios positivos sobre lo que escribiste, así que lo relees, y oh, sorpresa, está bien; está muy bien. Y te sientes satisfecha.
Otros días, te sientas con toda la calma del mundo, deseando volver a escribir algo bueno, y te encuentras con eso: la página en blanco. La miras, y la vuelves a mirar, y la muy puta no te dice nada. Haces crujir tus nudillos y preparas una dosis de teina. Y nada. Pones un disco, pero la página sigue ahí, devolviéndote la mirada. ¡La muy puta, otra vez! Y te vas a la cama pensando que a lo mejor lo que ocurrió el día anterior fue un golpe de suerte, una mano buena que no te van a volver a repartir.
Bécquer decía que era mucho mejor imaginarse al artista en un estado febril, casi poseído por las musas componiendo alguna obra de genialidad extrema, pero que la cruda realidad es que es un trabajo también. Decía que "hay una parte mecánica, pequeña y material en todas las obras del hombre".
Y mientras nuestra tendencia es dejarnos llevar por la vanidad y esperar a que tengamos otro momento de genialidad, lo acertado, sin duda, es seguir escribiendo, es seguir trabajando.
También decía Bécquer que "no siempre la verdad es lo más sublime".

lunes, 20 de noviembre de 2006

Demasiado

Cuando era una niña, la mujer de mi tío, una mujer de metro y medio mal medido y con los modales de Belén Esteban ("Andreita, cómete el pollo, coño") le dijo a mi madre y a mi abuela que el problema que yo tenía es que era "demasiado educada" y que era "una repipi que decía demasiadas veces gracias y por favor". Mi madre, claro, se quedó estupefacta y si no le respondió algo fue porque mi abuela estaba delante, probablemente dirigiéndole una mirada que diría "Rosa, no, por favor" (es que mi abuela también es educada). Posiblemente esa fue la primera vez de muchas.
Otra vez, cuando tenía más o menos 16 años, me gustaba un chico de mi edad. Era guspísimo, divertido, ingenioso, inteligente y tocaba la guitarra. Por aquel entonces yo todavía era incapaz de disimular mi timidez, así que me ponía colorada y ma daba la risa floja si él se dirigía a mí. Cuando había más gente entonces yo me relajaba un poco más y podía establecer una conversación. Pero el día en que una amiga mía fue a preguntarle, en un acto de absoluta puerilidad, si yo le gustaba, él contestó que me consideraba una amiga, y que sentía demasiado respeto por mí como para comportarse conmigo como solía con todas las chicas. Así que la espinita se me quedó. Durante un tiempo no lo entendí muy bien, pero luego me sorprendí al darme cuenta de que no iba a ser la primera vez que recibiese eso por respuesta, o en su defecto intuyas que es lo que te quieren decir. Es la peor excusa del mundo.
Con 19 años tuve novio, aunque me duró bastante poco. Entre las cosas que alegaría más adelante para dejarme fue que era "demasiado independiente". Imagínate: tú que no quieres ser la típica novia agobiante y manipuladora, de las de "¿A dónde vas? ¿Con quién vas?", si no que eres de las de "¿Qué sales con tus amigos esta noche? Vale. Llámame mañana si no tienes mucha resaca", y resulta que eres "demasiado independiente". Y no fue el único hombre que me lo dijo. ¿Qué las mujeres necesitamos manual de instrucciones? Pues los hombres necesitan un máster de especialización.
Unos años más tarde "áquel que no debe ser nombrado" me lo espetó tan tranquilamente también, aunque él le dio un pequeño matiz: "Judith, eres obsesivamente independiente", me dijo el que unos mese antes tras pasar dos días en su casa me dijo que se agobiaba porque era como estar casados, a lo que yo, amorosamente, respondí: "Pero no lo estamos. Recuerda que esto es sólo temporal; que me voy dentro de unos días. Mientras tanto relájate y disfruta."Y unos meses más tarde cuando intentamos vivir juntos me dijo que era "demasiado difícil vivir conmigo". "Coño, le dijo la sartén al mango", le respondí yo al punto, para morirme de risa al ver su cara de confusión. Por mucho español que sepa un irlandés, ¿qué conociemiento tiene del refranero español?
Hace unos meses volví a Irlanda y allí me han obsequiado con otra buena tanda de demasiados. Demasiado mayor para ser aupair, demasiado inteligente como para intentar ligar conmigo, y, sin duda, mi favorita, mi inglés es demasiado bueno como para tener una conversación conmigo. ??????????
De verdad, ¿algo de esto tiene sentido? También me han acusado de ser "demasiado exigente" (esa acusación la puedo entender y secundar), de ser "demasiado guapa" como para acercarse a hablar conmigo; "demasiado segura de mí misma" o "demasiado insegura", a gusto del consumidor.
Así que me he visto discriminada por exceso de curriculum. Una se empeña en dar lo mejor de sí misma para que luego te acaben viendo como una especie en vías de extinción que, como hay que proteger, mejor meterla entre rejas. A lo mejor se les ocurre utilizar la reproducción asistida para guardar mis genes.
Ahora en serio, ¿quién tiene los baremos? Que alguien me diga, por favor (o mejor dicho, ya, porque si lo pido por favor incurro en mi falta de ser demadiaso educada), cuáles son los límites de la belleza, la inteligencia o la independencia para que empiece a tener algún tipo de contacto con la realidad mundana que me rodea, porque la verdad, estoy empezando a pensar que, definitivamente, vengo de otro planeta

martes, 14 de noviembre de 2006

Depilaciones

Ayer hablaba con una amiga y me contaba lo mal que lo estaba pasando por culpa de la depilación brasileña. "Es que pica horrores. Cualquier día de estos me dejo el modelo selva tropical". La semana pasada, otra me decía que se había gastado una buena suma de dinero en depilarse todo de ombligo para abajo. Otras dos hacían lo propio hace unos días.
Justamente ayer vi en la televisión un anuncio en el que las mujeres para reivindicar no sé qué hacían que se dejaban sin depilarse el vello de las axilas y el entrecejo; eso lo que se veía, claro, porque aparecían vestidas.
Y así nos pasamos la vida entera buscando y quitando pelos de donde no los hay ¿en un intento de vernos más guapas y más deseables a los ojos de los hombres?¿Es sólo eso o hay algo más?
Yo soy rubia así que durante mucho tiempo ni me lo plantee. Yo no tenía ese problema. Pero un día empecé a ver vello donde casi no lo había, y me convertí en una exclava de la cera más. Por suerte la depilación me dura meses, y me puedo olvidar durante mucho tiempo. Siempre he compadecido a las pobres mujeres que no tienen otro remedio, y que además lo tienen que hacer a menudo; y creo que la depilación láser debería tener un gran descuento para ellas; al fin y al cabo, se lo merecen después de todos esos años de sufrimiento.
Los hombres no son capaces de ver todo ese esfuerzo. Y no lo digo desde el punto de vista de una feminista despechada. No soy feminista; nunca lo he sido; y espero no serlo jamás. Lo hubiese sido si hubiese nacido entre el siglo XIX y el XX. Hubiese sido sufragista, y me hubiera gustado parecerme a Jane Austen. Pero hoy por hoy el feminismo no me parece necesario. No hablo tampoco desde el coorporativismo. Soy una persona (y digo persona, y no mujer) muy independiente y nunca he tenido conciencia de grupo. Creo que los gremios pertenecen a la Edad Media. Sin embargo, he de reconocer que me interesa, es más me apasiona la lucha de sexos. Hay que reconocer que las diferencias entre hombres y mujeres son notables, y que, además, son éstas las que hacen que nuestra convivencia sea unas veces maravillosa, y al segundo siguiente insoportable. Que los hombres son simples y que nosotras intentamos ver cosas donde no las hay es un hecho universal. Que los hombres tienen más capacidad de concentración y que las mujeres son capaces de hacer muchas cosas a a vez también es bien conocido. Y si bien todo esto son "normas" generales, y siempre nos encontraremos excepciones a ellas, la verdad es que mientras nosotras gastamos todo ese tiempo y dinero en depilarnos de arriba a abajo, vamos al solarium, a la peluquería, al gimnasio, o pasamos hambre con la esperanza de que nos encuentren muy atractivas, y sexys, y sofisticadas, aunque lo escondamos todo bajo un "lo hago para sentirme bien conmigo misma". ¿Acaso no sabemos, o no somos conscientes, de que sólo sientiéndonos bien con nosotras mimas vamos a conseguir todas las miradas que queremos?¿Al fin y al cabo no se trata siempre de nuestra vanidad? Aunque, en mi opinión, son los hombres los que se llevan el premio a la vanidad más elaborada. Cuando un hombre se arregla es simplemente para sentirse bien consigo mismo, que es más que suficiente para ellos. Porque ellos, mal que nos pese, o mal que nos cueste entenderlo, son simples.
Calvin Klein dice que hace falta mucho maquillaje para ser natural. Yo pienso que es muy difícil llegar a ser natural sin ser vulgar, aunque dicen que con clase se nace, no se hace.

jueves, 26 de octubre de 2006

Canciones

Hay veces que suena una canción y parece que el mundo se para. Siempre he medido mi vida, mi felicidad o mi desgracia, mis grandes momentos, bien fuesen buenos o malos, por alguna canción. Me gusta saber que yo también tengo banda sonora, y que tengo una historia de película. ¿Quién no ha soñado con tener una vida diferente, y no sólo por descontento con la suya propia? Yo, personalmente, no me siento disconforme con ella, pero también soy consciente de las limitaciones que vamos imponiendonos conforme tomamos decisiones vitales (y de eso ya he hablado aquí). Creo que una buena banda sonora ayuda a contar una historia, y de hecho casi podríamos decir que las colecciono.
Pero estábamos hablando de mí, aunque sin ánimo de parecer ególatra; de mi banda sonora particular.
Aunque hay miles de canciones que puedo recordar claramente en mi cabeza, parece que el recuerdo es más claro cuando hay chicos por el medio. El primer chico que me embobó tocaba y cantaba a Los Suaves. Tenía un grupo de heavy. Era melenudo y guapo como pocos he conocido en mi vida; sabía hacerte reir siempre, y nunca más me han hecho ponerme colorada de esa manera. Cuando escucho "Dolores se llamaba Lola" me acuerdo de él. Luego llegó el "with or without you" y "suzie Q", hasta que las cambié por un verano de Planetas, "de viaje por el sol en una nueva dimensión". De lo que vino después tengo canciones para llenar un par de Cds: "Blackbird", "Easy", "rainbow" o "black star"; canciones que, todavía hoy, me duelen. Pero luego, para animar mi vida, llegó Suede. ¡Dios!¡Qué grandes momentos al son de la voz de Brett!
En pocas palabras, a veces me comunico a través de canciones. Con mi peke nos hemos dicho muchas cosas de esa manera, y todavía hoy sólo hace falta que una de las dos nombre una canción para que todo un raudal de recuerdos y sentimientos nos invada, y nos dé la risa; esa risa cómplice de la que muchos y muchas han sentido envidia insana (Dedicado a tí, peke: "Cuánto tiempo he perdido ahí afuera..."). Me encanta que alguien me entienda de esa manera...
Hoy entré en un bar. Allí estaba él. Nos guiñamos el ojo mutuamente, y a los 5 minutos estaba sonando "True love waits". No recuerdo nada de lo que me dijeron mientras sonó la canción.
¿Quizá debería preocuparme?

viernes, 29 de septiembre de 2006

Parejas y amigos

Cuando Carrie decide marcharse con el ruso a París creía que iba a recibir sólo entusiasmo por parte de sus amigas. Se marchaba a PARÍS, e iba con un hombre que parecía ser el adecuado, que parecía tratarla como ella se merecía.
Y entonces llegó Miranda...
Cuando Carrie tenía una relación tormentosa con Big (aunque creo que eso fue así desde que se conocieron) creía que iba a ser capaz de hacerlo cambiar de opinión con respecto a la vida, pero no a la vida en general, sino concretamente a esa vida que podían llevar juntos.
Y entonces llegó Miranda...
Hoy no quiero pensar en cúal de las dos al final tuvo razón, si es que alguna la tuvo.
Hoy se me da por pensar en cómo presentamos a nuestras parejas y nuestras amigas, y la influencia que eso tiene en nuestra relación con ambos.
Tenemos una tendencia innata la mayor parte de los seres humanos a ocultar, o mejor dicho retener, para nosotros todo aquello que nos hace feliz. Es como si nos diese la sensación de que hemos encontrado el secreto de la felicidad, y por ello tuviesemos que guardarlo celosamente por miedo a que alguien nos lo usurpe. (Aunque también podría pensar que en nuestro "colocón" de felicidad, las endorfinas han hecho que olvidemos todo lo demás). Lo cierto es que existe esa tendencia, independientemente de nuestras motivaciones.
Así, mientras somos felices con una pareja tenemos poca necesidad de contar detalles de nuestra felicidad. Sin embargo, es cuando las cosas empiezan a no ir tan bien cuando necesitamos hablar de ello con alguien que no sea nuestra pareja. Es cuando descubrimos manías, malos hábitos, o simplemente cuando las endorfinas te dejan pensar un poco y, curiosamente, la comunicación deja de fluir.
Si antes nos limitábamos a un simple "todo bien" o al "soy muy feliz", llegados a este punto nuestras peroratas parecen no tener límites. Y no hay nadie mejor para escucharnos en momentos como esos que un amigo. Exponemos a nuestras amistades y familia, en algunos casos, a lo peor de nuestras relaciones de pareja: a los gritos, a los silencios interminables, a los desplantes, a las caras largas, a los lloros, a los celos, a las dudas,...
Si es está la información que damos sobre nuestras parejas, amores, etc, ¿qué podemos esperar que opinen nuestro amigos de ellos? ¿Hasta que punto no somos nosotros culpables de una posible mala o inexistente relación entre nuestras parejas y nuestras amistades? Al fin y al cabo acabamos conociendo a las parejas de nuestros amigos, o acaban conociendo a las nuestras más por lo que nosostros decimos o mostramos que nos hacen sentir, que por lo que realmente son.
Y cuando finalmente se rompe es cuando en nuestra melancolía y nostalgia de amor somos capaces de hablar de los momentos felices.
Yo tengo un par de Mirandas en mi vida. Ellas saben quienes son.

lunes, 18 de septiembre de 2006

Adicta al romance

Hoy vi el último capítulo de Sexo en Nueva York. Ya lo había visto, pero no me pude resistir... A pesar de ser un final algo predecible, no deja de ser por ello un final perfecto, en mi opinión, claro.
Cuando Carrie deja al ruso le dice que ella está buscando el amor, un amor, dice, "arrollador e inadecuado". ¿Quién no busca una amor así? Dice también que quiere ese amor que dure para siempre, esa clase de amor tan trágico sin el cual no puedes vivir, sin el cual crees ahogarte. ¿Es ese el amor que nos merecemos? ¿Es ese el amor que nos hará felices?
También es cierto que no todos tienen ese tipo de necesidad de amor. No sé si es una cuestión de carácter, de madurez, de edad, pero lo cierto es que hay gente que necesita un amor más tranquilo y estable.
Yo creo que el perfecto amor, si es que existe, es aquel amor inadecuado que primero te arrolla y luego te ahoga, para de repente volverte a la vida, y convertirse poco a poco en ese amor tranquilo y estable, con la madurez propia de quien sabe donde está y lo que quiere. Y es eso por lo que creo que el final de la serie es perfecto.
Carrie viaja para descubrir que ese no es su sitio, que ya no quiere más aventuras, que sabe quién es, y con quien quiere estar. La pérdida de su collar es algo muy simbólico, casi metafórico. Carrie se pierde para volverse a encontrar. El final perfecto no es que acabe con Big; no es que Big le diga que "ella es la única". El final perfecto es que Carrie vuelve a su casa, vuelve a su hogar, New York, con su familia, sus amigas, de la mano de Big.
El amor no es sólo tener una pareja que te quiera y tú la quieras; el amor es algo parecido a lo que le dice Big a las chicas: "Vosotras sois sus grandes amores, y yo sólo aspiro a ser el cuarto, con vuestra bendición". Porque el amor no es completo si no tenemos con quien compartirlo y quien nos recuerde lo afortunados que somos por tenerlo.
Puede que, quizá, sea una avariciosa de amor. Yo prefiero pensar que soy adicta al romance, aunque prefiera disfrutarlo en dosis pequeñas. Me gustan todos esos preliminares estúpidos y tontos, propios de quinceañeros. Me gustan todos los juegos con los que se incia el cortejo: las miradas, los roces, las sonrisas, los celos, los miedos,... Me gustan los besos interminables que hacen que te tiemblen las rodillas, y que mientras me besan me acaricien la mejilla.
Aparentemente no son grandes cosas, y sin embargo, es lo más difícil de encontrar. Es esto lo que me gusta; es esto a lo que soy adicta.

martes, 12 de septiembre de 2006

Love sick

"Love sick" lo podemos traducir de dos maneras. Por un lado, de un modo muy literal, lo entenderíamos como "enfermo de amor". ¿Hasta que punto es esto cierto?
Ayer oí a un hombre hablar de una ex: "Estuve muy enamorado de ella". No había en su tono ni una pizca de nostalgia; ni siquiera un matiz de ternura, o incluso de rabia. Nada. Utilizó el tono más neutro del mundo. Mi tendencia, por ser mujer, es pensar que los hombres no tienen corazón y que todos son iguales; pero luego me paré a pensar un poco más. Eso era generalizar demasiado. ¿Acaso no hay mujeres sin corazón? Y empecé a recordar... He conocido a mujeres que, al igual que muchos hombres, se enamoraban una vez por semana. Es una modalidad vírica del amor.El amor como un virus; los hay, incluso, que duran 24 horas. Y como tal virus, hablan del amor como si fuese una gripe que acaban de pasar.
Así que, igual que con las enfermedades, hay gente que es más propensa al amor, y hay otra que está inmunizada. ¿Por qué? ¿Existe un factor genético?
Alguna vez me han explicado en qué consiste el proceso físico-químico por el que pasamos cuando nos enamoramos; es más, ese proceso y esa euforia en la que te ves envuelto tienen, por lo visto, fecha de caducidad. Siempre he intentado negarme a creer en afirmaciones como esa, porque puede que prefiera creerme frases como la de "Historias de Philadelphia": "Las mujeres son propensas al romanticismo". Puede que no todas, pero yo sí. Por eso me he negado a aceptar el hecho de que el amor es un proceso químico que ocurre en nuestro cerebro. Siempre he sido una crédula, y los años me han enseñado que a veces es mejor creer lo imposible que aceptar lo probable.
Puede que por ello esté condenada a sufrir una "larga enfermedad"; puede que "mi enfermedad" no se cure con paracetamol y líquidos...
Pero hay una segunda traducción para "love sick" y es "harto/a del amor". Es una traducción que no es tan literal, pero, en cualquier caso, no deja de ser curioso y a la vez significativo que esos dos sinificados se unan en una sola expresión.
A mí, mi enfermedad de amor me lleva a estar harta del amor.

sábado, 9 de septiembre de 2006

Compromiso

La fobia al compromiso siempre se ha asociado al llamado síndrome de Peter Pan; pero eso no es correcto, y yo soy la demostración empírica de ello.
Siempre se ha creído que la gente que tiene un cierto miedo a establecer cualquier tipo de compromiso vital es porque no quiere crecer. MAL. A mí me gusta crecer, y no a lo largo, ni mucho menos a lo ancho. Me gusta hacerme mayor, y adquirir una experiencia vital que me proporciona una mejor perspectiva de lo que me rodea, pero también, lo cuál me parece casi más importante, de mí misma. Creciendo es cuando vamos aprendiendo a conocernos, y es a través de ese conocimiento como aprendemos, a su vez, a interactuar con todo lo que nos rodea. Es maravilloso aprender día a día de tus propios errores. Es estupendo ver cómo medir tus propios límites, y conocerlos. Es decir, es genial superar la adolescencia y saber que como diría Frank Sinatra "the best is yet to come". Está claro, pues, que no sufro un síndrome de Peter Pan (por otra parte, mucho más común en los hombres; todo hay que decirlo).
Sin embargo, no soy un gran ejemplo de decisión y compromiso, y hace poco, leyendo una revista, descubrí que alguien fue capaz de expresar con palabras un comportamiento que siempre creí muy mío, y que, por lo visto, es muy universal. El artículo en cuestión versaba sobre la capacidad de decidir. Decidir implica algo horrible que es descartar. Decía el autor que las personas son indecisas por dos motivos, uno por miedo a equivocarse, o dos por el sufrimiento que provoca descartar opciones, lo cuál supone una pérdida. ¡Qué aliviada me sentí!¡Alguien me entendía!¡Lo que me pasa es explicable!¡Y es casi normal!
Una vez se lo intenté explicar a un amigo mío:
"Verás, cuando sabes lo que quieres es muy difícil encontrarlo. Piensa en un par de zapatos. Te imaginas durante un par de meses cómo son los zapatos que te quieres comprar; los que serán el par perfecto; los zapatos de tu vida. Puede que no sean los zapatos más cómodos del mundo, y ni mucho menos van a ser baratos; pero son los zapatos de tu vida. Vas de zapatería en zapatería probándote zapatos que se les parecen, pero no son exactamente lo que buscas. En el momento en que piensas que no los vas a encontrar te quedan dos opciones. Uno, desistes y te compras esos zapatos que no están mal de precio, son cómodos y te pegan con casi todo, pero no son los zapatos que tú querías en realidad. O dos, esperas y esperas y esperas, hasta que, a lo mejor un día tienes suerte. Tanto con una opción como con la otra te puedes quedar sin zapatos. Con la primera corres el riesgo de encontrar los zapatos de tu vida meses más tarde, y lo que sería peor, de rebajas. Con la segunda corres el riesgo de no encontrar nunca más esos zapatos que tan buen resultado te hubiesen dado. Porque, aún hay más, ¿y si encuentras los zapatos de tu vida, te los compras y resulta que al cabo de unos meses descubres que en realidad no te gustaban tanto, y que aun encima te matan los pies y casi no puedes caminar?"
Mi pobre amigo no supo que decirme; tanto zapato lo había vuelto loco, y hasta a mí esta analogía tan propia de Carrie me superó; pero tiene su lógica, ¿no?
A mi me pasa eso, con todo. A veces pienso en Big y creo que él es esos zapatos; pero luego fantaseo con conocer a Robbie Williams y, ¡oh Dios! ¿Perdería una ocasión como esa? Aunque creo que eso sería casi como comprarme unos zapatos tres número más grandes.
Además también creo que a Big le pasa exactamente lo mismo, aunque sólo con las relaciones personales, ya que en su trabajo es una máquina de tomar decisiones. Aunque fue él el que un día dijo que John Lennon decía que la vida es aquello que te pasa mientras estás ocupado haciendo planes... Toda una paradoja, ¿no?

sábado, 2 de septiembre de 2006

Cinismo

Resulta que tengo algo en común con Carrie, aparte de mi nuevo corte de pelo: me estoy volviendo una cínica.
Sabía que algo raro me estaba pasando, aunque no era muy capaz de identificar qué era exactamente.
Desde mi intento de apartar a "mi Big" de mi vida, poco ha pasado en materia de hombres. Hasta hace poco menos de un mes, me gustaba un chico. Y lo digo así porque fue tal cual. Me gustaba. No era una cuestión de sexo. Quería conocerlo más. Quería tener citas, que al fin y al cabo es cómo conoces un poco más a una persona, y no en sesiones de sexo semanal. Quería ir al cine, a un concierto, a cenar, a sitios dónde nadie nos conociese. Quería hacer propósito de enmienda, pues lo conozco desde hace algún tiempo, y desde luego no empezamos del mejor modo posible. Es un chico muy raro, aunque siempre estuve casi segura de que yo le gustaba. Pensé que sólo era tímido y que debía intentarlo yo. Algunas copas más tarde intenté hablar con él. Sólo salen estupideces de mi boca, e increíblemente, ¡a mí! se me acaban los temas de conversación. Las mejores conversaciones que hemos tenido han sido, claro, en estado sobrio. Han sido cortas, pero sinceras. El problema del que probablemente él no se ha dado cuenta, y no le culpo, es de que yo también soy tímida. Intenté hablar con él muchas veces, con diferente resultado; pero también intenté la técnica contraria, la más absoluta indiferencia. Soy muy cabezota, así que seguí probando, en diferentes estados etílicos, y comenzó a reaccionar, aunque no del modo que yo esperaba, sino más bien del contrario. Su tono empezó a adquirir un cierto matiz bastante borde; se metía conmigo (pero no se reía después...), etc. Creo que estaba empezando a considerar que soy una alcohólica ninfómana.
En el medio de todo esto conocí a otro chico. Alto, guapo, deportista, encantador y que a pesar de todo me dijo "me gustas", en un momento muy adecuado, pero no nos volvimos a ver. No me pidió el teléfono, y yo a él tampoco. Aunque, en mi línea habitual, le tuve que encontrar defectos del tipo "parece un poco infantil".
De todo esto ya hace un tiempo, y aunque a veces miro a alguno, enseguida se me pasa al recordar mis antecedentes.
Me aptecía mucho, muchísimo, encontrar a alguien encantador con quien pasear los domingos o ir al cine, en vez de hacerlo sola, para variar, pero se me ha pasado. ¿Es cómo la gripe?¿Como un catarro? Tenía ganas de mimos, y de tonterías; de peleas y reconciliaciones; del "estoy harta de ti" y del "no puedo vivir sin ti". Y de repente se me ha pasado. De repente, no me lo creo. De repente no me fío de nada, y creo que estar sola no está tan mal. Aunque no puedo ir a ver una peli de terror sola al cine, y me gustan... Pienso que todo esto va a estar bien para centrame en mi vida. Y estoy contenta y orgullosa. Y creo que el resto de la gente no sabe lo que se pierde al tener tan poco tiempo para sí mismos. Y frivolizo sobre mi vida, mi futuro o mis expectativas. Y me corto el pelo como Carrie. Y entonces Charlotte le dice a Carrie: "te estás volviendo una cínica"... Y pienso "es cierto". ¿En qué momento dejé de soñar con el amor?¿En qué momento me volví tan fría?¿En qué momento dejé de saber ser yo misma?¿Me habré convertido irremediablemente en una cínica?
Y entonces voy a un concierto y suena una canción. Me asaltan los recuerdos, y se me pone la piel de gallina.
Y entonces dos días más tarde recibo noticias de mi Big... ¿Hasta cuándo va a durar esto?¿Dejará de doler algún día?